Castillo de Montemor-o-Velho

Dominante sobre el valle por donde fluye el Mondego, con los campos de arroz hasta el horizonte, la villa de Montemor-o-Velho está coronada por su imponente castillo, la principal fortaleza del Baixo Mondego en la época medieval.

Dominante sobre el valle por donde fluye el Mondego, con los campos de arroz hasta el horizonte, la villa de Montemor-o-Velho está coronada por su imponente castillo, la principal fortaleza del Baixo Mondego en la época medieval.

Este extenso territorio fue ocupado sucesivamente desde la época romana, y cuando los árabes se establecieron aquí en el siglo VIII, las tierras de Montemor se convirtieron en un foco constante de fuertes disputas entre musulmanes y cristianos.

Tras la Reconquista cristiana y la independencia portuguesa, Montemor-o-Velho y su majestuosa fortaleza fueron escenario de numerosos acontecimientos en la historia de Portugal. Defensor del valle que domina y del río que lo fertiliza, las piedras de este castillo alojaron a reyes y a infantas, quedando para siempre ligadas a leyendas nacidas de la imaginativa tradición popular.

La fortaleza de al-Mansur y el castillo medieval

En 991 al-Mansur conquistó Montemor-o-Velho, y fue después de esa fecha cuando se levantó allí una fortificación islámica, con mezquita. Ya no queda casi nada de ese espacio ancestral, dado que el castillo que se erige hoy sobre el valle mondeguino es obra de sucesivas campañas medievales. En 1064, con la conquista de Coimbra, Montemor-o-Velho pasó definitivamente a manos de los cristianos tras lo que Alfonso VI de Castilla, reconstruyó la estructura defensiva. En la misma época, fue fundada dentro de las murallas la Igreja de Santa Maria da Alcáçova, reconstruida en numerosas ocasiones a lo largo de los siglos siguientes.

Con los reyes Afonso Henriques y Sancho I, se reforzó la estructura de la fortaleza, dado que Montemor mantuvo su importancia geoestratégica tras la independencia. El palacio del castillo fue remodelado por orden de las infantas Teresa y Mafalda, que lo transformaron en un típico palacio señorial.

La fortaleza fue objeto de muchísimas disputas en los siglos venideros. D. Afonso II no estaba de acuerdo con el testamento en el que su padre donaba el castillo a sus hermanas, las infantas Teresa y Mafalda, y solo la intervención papal acabó con la discordia. Más adelante, volvió a estar en el centro de nuevas contiendas, primero entre Sancho II y Afonso III, luego en las luchas entre el príncipe D. Afonso y su padre, el rey D. Dinis. Debido a su importancia militar en el espacio nacional, el regente D. Pedro lo eligió como palacio personal.

El Destino de Inês de Castro

El castillo de Montemor-o-Velho fue también el escenario de una de las historias más trágicas de la Historia de Portugal. Aquí fue donde, a principios de 1355, el rey Afonso IV se reunió con sus consejeros para debatir el peligro que constituía para la política portuguesa la unión del infante D. Pedro con Inês de Castro. Hija de uno de los más poderosos nobles de Castilla, Inês vivía maritalmente con el heredero al trono desde la muerte de la mujer de este, en 1345.

Esta relación no era del agrado de la corte, especialmente por la gran influencia que los hermanos de Inês ejercían sobre el futuro rey, además de por la posibilidad de que uno de los hijos bastardos de la pareja ascendiera un día al trono. Afonso IV acabó por convencerse de que el amor de Pedro e Inês era un asunto de estado y de que Castro constituía un peligro para la independencia nacional… Así fue como se dictó la suerte de Inês que, pocos días después, y por orden del rey, fue asesinada en el Paço de Santa Clara, en Coimbra.

Casa de Chá Paço das Infantas (Casa de Té Paço das Infantas)

Al visitar el castillo, no dejes de disfrutar del paisaje de los campos de arroz del Mondego mientras tomas un té en la Casa de Chá do Paço das Infantas, instalada en las ruinas del palacio de la fortificación. Esta casa es un espacio tranquilo y moderno, con paredes decoradas con vidrio y un amplia terraza, perfectamente integrada en las murallas, que te ofrece unos atardeceres dulces y reconfortantes.

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