Fiel a sus humildes orígenes, el poeta aprendió a apreciar la belleza de las cosas bellas, pero esenciales, de la vida, tal y como resumió de forma tan brillante en la obra Poesía y Prosa:
Soy hijo de campesinos, pasé mi infancia en uno de esos pueblos de la Beira Baixa que se adentran en el Alentejo y, desde pequeño, lo único que conocí en abundancia fue el sol y el agua.
En aquella época, que solo dejó de ser de pobreza porque estaba llena del amor vigilante e incansable de mi madre, aprendí que hay pocas cosas que sean absolutamente necesarias.
Son esas cosas las que mis versos aman y exaltan. La tierra y el agua, la luz y el viento se han consustanciado para dar cuerpo a todo el amor de que es capaz mi poesía. Mis raíces se hunden desde la infancia en el mundo más elemental.
Su feliz infancia en Póvoa da Atalaia le enseñó la importancia de los elementos naturales, de las vistas y de los paisajes que se extienden hasta perderse de vista, así como el amor profundamente devoto de su madre. Todos sus poemas están impregnados de una sensación de asombro y de pertenencia, en un himno eterno a la belleza de las cosas esenciales de la vida.
En las iluminadas palabras del prestigioso escritor portugués contemporáneo, de renombre mundial, Valter Hugo Mãe: «leer a Eugénio de Andrade es pasar el alma por agua limpia».