Eduardo Lourenço nació en la pequeña aldea de São Pedro de Rio Seco, en el distrito de Guarda. Como él mismo la llamaba: su «piccolo mondo antico», una aldea de carácter agrícola donde existían lazos comunitarios muy fuertes, pero muy empobrecida. Solo unos pocos afortunados tuvieron la oportunidad de estudiar como él. Era el mayor de siete hermanos e hijo de un oficial militar. Los recuerdos de su infancia en São Pedro de Rio Seco fueron genuinamente felices:
«Este pueblo mío, sin historia de oro ni de sangre, barco encallado en la meseta hispánica, se hunde dulcemente en su existencia, con todas las luces apagadas y una carga de fantasmas cubiertos de sudor antiguo y de lágrimas aún más antiguas».
Donó su biblioteca personal a la Biblioteca Municipal de Guarda, que lleva su nombre, a la Universidad de Coimbra, a la Casa da Escrita, también en Coimbra, y sus manuscritos se conservan en la Biblioteca Nacional, en Lisboa. Estudió en el Colegio Militar, en Lisboa, y en la Facultad de Letras de la Universidad de Coimbra, donde se licenció en Historia y Filosofía.
En 1949 se marchó a Francia, donde publicó su primera obra, Heterodoxia I, "uno de los ensayos más nobles e inquietantes de la historia de la literatura portuguesa", en palabras del profesor y ensayista Eugénio Lisboa.
En las inspiradas palabras del cardenal Tolentino Mendonça, prefecto del Dicasterio para la Cultura y la Educación de la Curia Romana:
«A Eduardo Lourenço le debemos una rara capacidad para cuidar la idea de comunidad, reforzando siempre nuestro conjunto como nación, elucidando la experiencia del bien común que es un país, indicando la cartografía mental y espiritual sin la cual no se entiende la geográfica ni ninguna otra, mostrándonos, por ejemplo, que todos somos habitantes de la soledad de Pessoa y del profetismo de Antero o de Agostinho da Silva, de la rebeldía de Saramago y de los acordes insumisos de Lopes Graça, de la religiosidad que unió a Régio y a Manoel de Oliveira, de los bancales del Duero de Agustina y de la playa lisa con la que soñó Sophia. En las miles de páginas que escribió, tal vez se vea que la idea de comunidad fue, al fin y al cabo, la que más persiguió y que esta constituyó su mayor pasión».
Profundo conocedor de los intrincados laberintos del alma portuguesa, Eduardo Lourenço fue un ciudadano del mundo, además de un brillante embajador de Guarda. Sus reflexiones aportan luz para una mejor comprensión de la identidad portuguesa.